La ira destruye nuestra vida. Produce secuelas imborrables, que desatan tristeza y culpabilidad en nuestro corazón, y heridas entre quienes nos rodean.
La Biblia es clara cuando advierte: “El iracundo comete locuras, pero el prudente sabe aguantar”(Proverbios 14:17, Nueva Versión Internacional). Alguien dominado por un enojo irrefrenable, termina dejándose arrastrar como una frágil rama por un río correntoso, lo que a la postre causa destrucción y levanta a nuestro alrededor tremendos muros de prevención no solo entre nuestros familiares sino amigos y conocidos: “No te dejes llevar por el enojo que sólo abriga el corazón del necio.”(Eclesiastés 7.9, Nueva Versión Internacional)
Un joven que asistió a consejería se lamentaba porque tenía pocos amigos. “Me rechazan; salen huyendo. Ni siquiera tengo novia”. Un análisis cuidadoso del asunto, descubrimos que el eje central radicaba en su irascibilidad. Apenas sentía que algo le incomodaba o tal vez, cuando experimentaba la sensación de vulnerabilidad, inmediatamente reaccionaba desatando una verdadera tormenta.
Coincidimos en la necesidad de invitar al Señor Jesucristo a su corazón con el propósito de que trajese los cambios que tanto anhelaba, los que se reflejaron en la ampliación del círculo de sus amistades.
Preste atención a las señales de alarma
Todos los seres humanos podemos cambiar. No importa que nuestras reacciones se caractericen por la irascibilidad. Esa inclinación puede modificarse. Basta que usted y yo estemos atentos a las señales de alarma, cuando identificamos que algo nos produce molestia y vamos a explotar. |