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El zapatero de Serampore

 
— Joven, joven, siéntese. Usted es un entusiasta. Cuando Dios quiera convertir a los paganos lo hará sin consultar con usted o conmigo.
El interpelado, Guillermo Carey, a la sazón un joven ministro de 27 años, guardó silencio, desconcertado. Hacía poco que le habían recibido en el seno del ministerio, y quien había hablado era precisamente el más anciano y respetado de los ministros allí reunidos.

Desde hacía tiempo Carey había sentido una carga por la evangelización de los paganos y ahora se había atrevido a compartirla, reflexionando sobre “si el mandato dado a los apóstoles de enseñar a todas las naciones no era obligatorio en todos los ministros sucesivos hasta el fin del mundo.”
La interrupción del venerable ministro no era de extrañar. En la época, el pensamiento de la cristiandad excluía ese tipo de preocupaciones. Sin embargo, la carga del joven ministro no era pequeña ni reciente.

Un zapatero atípico

De niño Carey fue un amante de la naturaleza, y lector asiduo de los libros de viajes. Esos libros alimentaron sus sueños. Luego de convertido, comenzó a trasladar esos sueños al ámbito de la fe, acicateando en él la urgencia por la salvación de esos pueblos, sumidos en la idolatría y la barbarie.
Ya adulto, Carey entró en el ministerio; pero como la iglesia era pequeña, y los fieles, pobres, hubo de ayudarse con su oficio de maestro de escuela y zapatero.
Sus manos trabajaban el cuero, pero su boca musitaba oraciones por pueblos extraños, cuyos nombres muy pocos conocían, mientras soñaba –con la ayuda de un planisferio pegado a la pared frente a su mesa de trabajo, y de un globo terráqueo construido con cueros de diversos colores– navegando por mares lejanos y entrando en países y culturas exóticas con la palabra de Cristo.
Como predicador, recorría todo el distrito. Una vez se encontró con un amigo, que le reconvino por descuidar su negocio de zapatero:
— ¡Descuidar mi negocio! – contestó Carey – Mi negocio, señor, es el de extender el reino de Cristo. Sólo hago y compongo zapatos para ayudarme a pagar los gastos.
Carey era también un políglota autodidacta. Dedicaba todo el tiempo posible a estudiar las lenguas bíblicas –hebreo y griego—, pero le parecía insuficiente.
Una vez su patrón en el oficio de zapatero, que supo de los esfuerzos de Carey en tal sentido, le dijo:
— Veamos, señor Carey, ¿cuánto gana Ud. a la semana haciendo zapatos?
— Como nueve o diez chelines, señor.
Entonces él le dijo, con ojos llenos de placer:
— Bien, tengo un secreto para Ud. No quiero que eche a perder más de mi cuero, pero haga el mayor progreso posible con su latín, hebreo y griego, y yo le daré de mi bolsa propia cada semana diez chelines.
Así Carey se vio relevado de su oficio de zapatero, al menos por un tiempo, para dedicarse de lleno al estudio.

El sueño de un geógrafo

En cierta ocasión, en una reunión informal de pastores, alguien mencionó un pequeño islote cerca de la India oriental, pero ninguno pudo dar la información que se necesitaba. Finalmente, fue Carey quien informó acerca de su situación, longitud, anchura, y la naturaleza de su pueblo, admirando a los demás, los que, con la mirada, parecían decirle: “¿Y cómo sabes tú?”
A veces sus alumnos en la escuelita, le oían exclamar, cuando mencionaba pueblos e islas lejanas en sus clases de geografía:
— ¡Y esos son paganos, paganos!
Carey buscaba permanentemente compartir su sentir con los otros ministros, pero los más de ellos lo veían como extraño e impracticable. Sin embargo, él insistía. Más de alguno le oyó decir que si unos cuantos amigos le enviaran, y le mantuvieran por un año después de desembarcarse, iría adonde quiera que Dios le abriera la puerta.
Cierta vez se encontró con un piadoso diácono, a quien contagió con el fuego que ardía en su corazón. Éste le dijo:
— Usted debe escribir un tratado para informar y despertar la Iglesia de Cristo.
— He probado hacerlo – le contestó Carey – pero he quedado completamente descontento. Además, no podría imprimir el mensaje que se necesita, aun cuando lo escribiera.
— Si no puede hacerlo como desea, hágalo como pueda, y yo le daré diez libras esterlinas para ayudar a imprimirlo.
Alentado por esta promesa, Carey se abocó a la tarea. Poco después leyó su tratado a un grupo de pastores.
Al año siguiente, predicó su sermón basado en Isaías 54:2-3. Fue un reto a la iglesia indolente para que se levantara y extendiera sus tiendas. El mensaje terminaba con dos frases cortas pero filudas como puñales: “Espera grandes cosas de Dios. Procura grandes cosas para Dios.”
Aunque el mensaje parecía haber traspasado los corazones de los ministros presentes, al día siguiente, cuando se reunieron de nuevo para deliberar, prevalecieron los sentimientos de vacilación. Entonces Carey tuvo un gesto de desesperación y audacia que se clavó en el corazón del más influyente ministro que allí estaba – Andrés Fuller. Volviéndose hacia él, y agarrando su brazo, exclamó:
— ¿No va a hacerse nada esta vez tampoco, señor?
El corazón de ese ministro se despertó y se produjo un vuelco. Así, antes de terminar la reunión esa mañana, cinco ministros – Juan Ryland, Juan Sutcliff, Andrés Fuller, Guillermo Carey y Samuel Pearce – habían tomado la firme resolución de preparar un plan para formar una Sociedad misionera.
A la luz de los grandes hechos de fe, este comienzo fue tímido. Todos los protagonistas eran jóvenes (sus edades fluctuaban entre los 26 y los 40 años); eran pastores casi desconocidos, y sus iglesias eran pequeñas y casi rurales, pero su ejemplo y sus frutos habrían de afectar al mundo entero.

Rumbo a la India

Carey pensaba que su labor misionera debía comenzar en Tahiti, pero un extraño suceso alteró sus planes. Un misionero en la India –Juan Thomas– trabó contacto con él y le compartió su carga por la obra allí. Carey y los demás pastores entendieron que hacia allá los guiaba el Señor.
Al despedirse de sus amigos, Carey los comprometió a respaldarlo. Usando una figura que Fuller había propuesto, les dijo:
— Yo desciendo al pozo, pero ustedes han de sostener la cuerda.
Carey zarpó –después de vencer algunas reticencias de su esposa— con toda su familia, el 13 de junio de 1793. Tenía 32 años.

Difíciles comienzos

Llegaron a la India, tras cinco largos y difíciles meses de navegación.
Los primeros meses allí fueron de gran estrechez, y de duro aprendizaje. La pérdida de su hijo de cinco años, fue dolorosísima, especialmente para Dorotea, su esposa. Ella misma enfermó una y otra vez, hasta que en 1795 se enfermó gravemente de disentería, afectando seriamente su equilibrio emocional.
En los próximos años, Carey aprendió las dos principales lenguas que necesitaba para su trabajo de traductor, el sánscrito y el indostano, que le abrirían las puertas a los demás dialectos y a toda la cultura hindú.
A fines de 1799, Carey recibió ayuda desde Inglaterra – algunos colaboradores, especialmente a Ward y Marshman, con quienes habría de conformar un equipo de mucha afinidad y eficiencia.
Algunos contratiempos en el trabajo les obligaron a mudarse a Serampore, en enero de 1800, lugar que habría de ser la sede definitiva de su obra.

La obra en Serampore
Serampore era un puerto abierto a todas las banderas, un lugar estratégico para la obra, pero de triste historia misionera, pues los moravos habían fracasado allí, y abandonado su misión en 1792, tras 17 años de estériles esfuerzos. Muy pronto Carey y su compañía hicieron los ajustes y habilitaron un terreno.
El 5 de marzo de 1801 salió de la imprenta el Nuevo Testamento bengalés, tras siete años y medio de arduo trabajo.
Pero el sueño de Carey era más grande, porque se propuso traducir las Escrituras a todas las lenguas principales de la India. Así que tanto él como Marshman y Ward se dieron a la incesante tarea de aprenderlas.
Uno de sus mayores aciertos fue traducir la Biblia al sánscrito, porque era la lengua más prestigiosa y culta. Otros colaboradores se sumaron a la tarea. Expertos de toda la India fueron contratados como ‘pundits’. Carey describía así el ambiente en Serampore por ese tiempo: “Se escribía, se hablaba, o se leía en latín, griego, hebreo, arábigo, siriaco, sánscrito, bengalés, indostano, oriya, gujarati, telugu, marathi, armenio, portugués, chino y birmanés.”
A todos los visitantes ingleses que llegaban a Serampore les impresionaba la capacidad de trabajo de Carey, quien, con la ayuda de numerosos ‘pundits’ revisaba hasta 22 versiones de las Escrituras simultáneamente.

Una prueba

El 11 de marzo de 1812 fue una fecha escrita con lágrimas en la historia de la misión en Seram-pore. Un incendio arrasó con el edificio de la imprenta consumiendo todo a su paso. Las pérdidas fueron cuantiosas. Sin embargo, ellos nunca esperaron lo que vendría. Literalmente toda la cristiandad se volcó con donativos “rivalizando cada uno a todos los demás para reparar la pérdida”. “Este incendio ha dado a la empresa una celebridad que ninguna otra cosa podría haberle dado; una celebridad que nos hace temblar” – escribía Fuller a Carey poco después.

Una obra que excede al vaso

Carey murió el 9 de junio de 1834. Su gran obra es difícil de evaluar. No sólo tradujo la Biblia completa, o, al menos, las porciones más preciosas de ella, a 34 idiomas, para un verdadero imperio de pueblos mixtos, sino que hizo importantes aportes al estudio de la flora y la literatura hindú. Todo eso, en un tiempo en que no había los increíbles adelantos técnicos que hoy tenemos.

  En suma, un trabajo tan monumental, que no hubiera sido posible de realizar por un modesto zapatero autodidacta, de no contar con la fuerza y la gracia superabundante de Dios. Carey estaba consciente de esto; por eso la grandeza del erudito nunca avasalló la humildad del siervo.
En cierta ocasión, al subir al púlpito, vio colgados un par de zapatos viejos que alguien había dejado allí para provocarle, recordándole su oficio de zapatero. (En la India ese oficio era uno de los más despreciados). Pero Carey dijo, sencillamente:
— El Dios que puede hacer para un pobre zapatero y por medio de él lo mucho que ha hecho para mí y por mí, puede bendecir y usar a cualquiera. El más humilde puede confiar en él.

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