Las consecuencias de la ira
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La ira es una emoción muy poderosa. Puede destruir vidas, deshacer relaciones y arruinar el testimonio del creyente.
El apóstol Pablo conocía el potencial del resentimiento, y dio este consejo para manejarlo: “Quítense de vosotros toda amargura, enojo, ira, gritería y maledicencia, y toda malicia. Antes sed benignos unos con otros, misericordiosos, perdonándoos unos a otros, como Dios también os perdonó a vosotros en Cristo” (Ef. 4:31, 32).
Cuando estamos en medio de circunstancias de tensión, la recomendación de Pablo puede parecer poco realista. Pero si no aplicamos su consejo, podemos fácilmente sufrir las consecuencias desastrosas de una ira sin control. Por ejemplo, la ira puede bloquear la comunicación con las demás personas. También puede llevar a un callado pero dañino tipo de resentimiento: la persona pasivo-agresiva descarga su ira contra los demás de una manera sutil.
Una de las consecuencias más dañinas de la ira sin control es la depresión. Con el tiempo, la agitación interior y los conflictos no resueltos harán sentir sus efectos en la salud mental de la persona. Pero tenemos una alternativa: dejar que nuestra ira nos controle, lo que significa que sufriremos las consecuencias. O podemos liberarnos de esta destructiva emoción perdonando a quienes sentimos que han provocado nuestro rencor.
Trate de identificar las causas de la ira que hay en su vida, y tráigalas delante del Señor. Confíe en que Él le dará el poder para vencer las cosas que la producen. Lea Efesios 4:31, 32 una vez más, y deje que la verdad de la Palabra de Dios le fortalezca. |
Cómo librarnos de la ira
Leer | Efesios 4:26-27
¿Cómo reacciona usted cuando está airado? ¿“Estalla” y pierde el control o es capaz de mantener una actitud calmada y paciente en situaciones irritantes? Lamentablemente, muchos creyentes no saben manejar su ira de manera positiva. Pero usted puede dar algunos pasos para evitar las destructivas consecuencias que le mencioné.
En primer lugar, reconozca que tiene un problema con su ira. Puede estar irritado con usted mismo, con otra persona o incluso con Dios. Pero no podrá jamás vencer esta negativa emoción si no reconoce su presencia en su vida.
Luego, identifique las fuentes de su ira. Pregúntese: ¿Por qué me estoy sintiendo irritado hoy? ¿Con quién estoy molesto? ¿Qué me está haciendo actuar de esta manera? Después que haya descubierto la causa de su molestia, enfréntela de inmediato; siempre que surge el rencor en nuestro interior, nos convertimos en blancos excelentes de Satanás. El consejo de Pablo en Efesios 4:26 es muy sabio: “No se ponga el sol sobre vuestro enojo”.
Por último, necesitamos perdonar a quienquiera que sea la fuente de nuestro malestar. Perdonar puede parecer muy difícil cuando nos sentimos heridos, pero es el aspecto más importante para enfrentar la ira. ¿Cómo no perdonar a alguien cuando Dios nos perdonó a nosotros al dar a Su Hijo como sacrificio?
La ira no tiene que controlar su vida. Si usted es un creyente, el Espíritu Santo le dará el poder para andar a la manera de Cristo. Mientras se prepara para la semana siguiente, pídale al Señor que le diga con exactitud cuáles son las áreas donde necesita combatir su ira. Confíe en que Él le guiará si busca con empeño controlar esta emoción.
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