Palabra Del Aliento Para Bendecirte Hoy

Palabras de Aliento

 

Sonríe, te están filmando
Por Dante Gebel

 

 

Hoy sólo es una anécdota, pero en aquel entonces hubiese querido que me tragara la tierra. Cursaba, lo que hace unos años era el tercer año de secundaria en un colegio alemán

Desde el examen de ingreso, hubo una cuestión de piel con un profesor. Por alguna curiosa razón, no nos soportábamos.

Él tendría unos treinta años y este servidor, unos quince. Posiblemente, todo nació cuando en plena clase, me sorprendió dibujando una caricatura de cada uno de los docentes. Así que, dos por tres, la frase irónica me helaba el cuerpo: "Gebel, pase al frente, así nos cuenta de qué se ríe y nos reímos todos, venga a hacer uno de sus dibujitos". Creo que la cosa se tornó en algo personal. Nos repelíamos mutuamente.

Un domingo, Dios me habló profundamente en la iglesia, y ese día, decidí que podía cambiar la molesta situación. De un día para otro, le hablé a todos de un notorio cambio de vida personal, y en una ocasión, hasta prediqué en una voz, lo suficientemente alta, para que oyera mi enemigo declarado. Por si el cambio no quedaba claro, y para que no hubiese rencores, llevé a mi pupitre una regla que decía "Jehová es mi Pastor". El profesor la observó de reojo. A la semana, otro profesor, quiso romper el hielo de la clase, pidiéndonos nuestra opinión respecto a los demás profesores del establecimiento. ¡Era mi gran oportunidad de decir todo!.

Por un momento, olvidé mi cambio de vida, y me despaché a gusto, hablando de mi repulsión por el profesor en cuestión. "Es un agrandado - dije, en medio de las risotadas y la aprobación de mis compañeros - es insoportable y toma exámenes sólo para reprobarnos, deberían echarlo del colegio, por mal tipo y...", mientras hablaba, alguien me tocaba el hombro. Parecía una escena del Chavo hablando mal del profesor "Longaniza". Detrás de mí estaba el destinatario de mis palabras. Mi docente enemigo. No sé desde cuándo estaba allí, pero escuchó to-di-to. Hubiese querido desaparecer o tirarme por la ventana en un último acto de valentía y sentido común. El profesor no parecía ofendido, pero con la misma ironía de siempre, tomó de mi pupitre la regla que decía "Jehová es mi pastor" y sonrió. Sólo sonrió como aquel que le descubrió el truco al mago. Jugó con la regla entre los dedos y sonrió otra vez. Luego, dio media vuelta y se fue tal como había entrado, en silencio.

No hubo más palabras entre nosotros. Pero entendí aquella sonrisa irónica: "No sirve que prediques de amor o lo que sea, si no lo vivís con tu vida". Por un tiempo, no me atreví a predicar de un cambio de vida, hasta restaurar mi testimonio. Mi espalda predicaba más que mis palabras. No volví a hablar del tema con el profesor y nunca me atreví a hablar del tema para pedirle perdón. Pero me dispuse a ser un modelo de verdad, a partir de aquel engorroso incidente. Ojalá vuelva a encontrar al profesor, te voy a contar sí alguna vez pasa.

Claro que apenas tenía quince años y no había empezado a vivir la experiencia, pero aún recuerdo el incidente, trivial, pero determinante. Fue el día que supe que debía ser un modelo en las cosas simples. Fue el día que asumí que mi testimonio pesaba más que la inscripción en la regla o una carpeta. Fue el día que me enteré que me estaban filmando. A propósito, sonríe, que también sos un modelo para toda una generación, y las cámaras nunca se apagan.