Dios muchas veces ha hecho declaraciones en Su Palabra de verdad, y ha dado a su pueblo "preciosas y grandísimas promesas" (2 Pedro 1:4).
Algunas de sus promesas fueron hechas específicamente a un individuo (Josué 14:9), a un grupo de personas (Deuteronomio 15:18) o incluso a una nación (Hageo 1:13). Debemos tener cuidado de no pedir a Dios el cumplimiento de promesas que fueron dadas de manera específica a otra persona.
Afortunadamente, muchas de las promesas del Antiguo Testamento, están repetidas en el Nuevo, y son nuestras para pedirlas a Dios hoy también. Dios prometió a Josué: "No te dejaré ni te desampararé" (Josué 1:5). En Hebreos 13:5 Dios transfiere esa promesa a nosotros como cristianos.
El predicador Carlos Spurgeon señaló: "Oh hombre, te ruego, no trates las promesas de Dios como si fueran curiosidades para un museo; sino créelas y úsalas." Nos apropiamos de las promesas de Dios aprendiéndolas (a través del estudio y la memorización), viendo nuestra necesidad de ellas, y dándole tiempo a Dios para que las haga parte de nuestra experiencia diaria.
El teólogo J.I. Packer dice: "Antes de conceder Sus promesas, Dios enseña al creyente a valorar esos regalos que promete haciendo que el creyente espere por ellos, y obligándolo a orar persistentemente para recibirlos."